NOCHES

A las tres de la madrugada ve un gato negro corriendo bajo la lluvia; sus patas buscan protegerlo de las lágrimas nocturnas bajo las faldas de un coche casi tan oscuro como su pelaje. Acaban de llegar los trabajadores. En unos minutos se desplegarán por toda la ciudad para intentar limpiar los restos de las fiestas de los demás. El vigilante los observa. Conversan en corrillos, guarecidos bajo un alero, sus palabras acalladas por el vidrio que los separa, que no consigue ahogar, sin embargo, la susurrante música de la lluvia. La naturaleza posee su propia voz, y los artificios del hombre, que vibran en otra frecuencia, no pueden silenciarla.

Cuando por fin se marchan, el vigilante vuelve a estar solo. Una noche en el trabajo representa lo que hasta ahora ha sido su vida: personas que vienen y se van después de unos minutos, seres a los que por su propio bien no conviene vincularse estrechamente porque sabe que no permanecerán, que no compartirán con él cosas importantes, más allá de una conversación casual o unas risas mundanas, mientras él los ve alejarse, inmutable, permanente en su puesto que es la letanía gris de su existencia.

Por la mañana llegan más. Ha dejado de llover pero la noche se resiste a abandonarle, y la nueva oleada de operarios recorren las instalaciones con su somnolencia contagiosa, en algunos casos, o con su energía odiosa en otros. Son las siete. Esta vez es él quien se marcha, tras la llegada de su relevo. Mientras abandona el parque sus oídos se llenan de ruidos martirizantes. Motores que arrancan con amargos rugidos, saludos a viva voz que recorren decenas de metros para alcanzar a sus destinatarios, el pavimento desayunando la goma de las ruedas que se deslizan por su ancha espalda, teléfonos reproduciendo melodías casposas que pretenden infundir alegría a quienes reciben las repentinas llamadas. El vigilante acelera el paso. El suelo está mojado, y justo antes de abandonar el recinto una mancha negra asoma por debajo de un coche. El gato. Se miran. El vigilante se pregunta si le habrá prestado atención durante la noche, desde que hallara su refugio horas antes. Se pregunta si, al igual que él observa a los demás, habrá alguien que lo observa a él. Se pregunta si aún puede captar la atención, despertar el más mínimo interés. Y si, en caso de ser así, no resulta necesario que existan emolumentos de por medio, como le ocurre a él.

Vuelve la mirada y continúa su marcha. Hasta la siguiente noche, la vida se acaba. 

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